Discurso de Arzobispo Sturla en Acto conmemorativo de Kristallnacht.

17/Nov/2014

Discurso de Arzobispo Sturla en Acto conmemorativo de Kristallnacht.

Estimadas Señoras y
Señores,

Queridos amigos y amigas, hermanos y hermanas…

Acepté la invitación que
me hicieron para ser el orador en este
encuentro, consciente, desde el primer momento, del significado profundo que
tenía el hecho de que el arzobispo de
Montevideo fuera invitado a hablar en este acto de conmemoración de la noche de
los cristales rotos.

Esta conciencia misma
hizo que el venir hoy aquí se fuera transformando en una responsabilidad, y, ¿por qué no decirlo? en
una mochila pesada. Se hicieron presentes diversas nubes en mi horizonte…

La nube del miedo de decir una palabra inoportuna,

La nube politizadora que en este Uruguay querido, y más en tiempo electoral, hace ver
todo desde esta perspectiva.

Al mismo tiempo la sensibilidad especial que genera en
este año, que ha sido nuevamente de dolor y de guerra en el Medio Oriente,
decir una palabra inadecuada, tomar posición o buscar ese equilibrio complejo
de decir y no decir.

también la nube de querer complacer, decir lo que el otro
quiere escuchar, sobre todo cuando uno es el invitado.

Pero frente a estas nubes
también hay destellos de un sol que
alumbra sin quemar, que es acompañado por brisas suaves y refrescantes,
que alientan para mí, en este tiempo, la esperanza de un mundo donde el diálogo, el entendimiento y
la buena fe, supera barreras y abre a la comprensión y al amor entre los
hombres:

la presencia de representantes de la colectividad judía
este año en la catedral, tanto en la celebración de mi asunción como arzobispo,
como en la celebración de oración por la paz del 8 de junio, en unión a la que
se hacía en el Vaticano convocada por el Papa reuniendo a los presidentes de
Israel y de la Autoridad Palestina.

la alegría de estos días al leer que un rabino y un
sacerdote católico de Montevideo, van a dar charlas a jóvenes judíos y
católicos sobre las fiestas de cada tradición con sus conexiones y diversidad
de significados.

Los encuentros diversos a los que he sido invitado por la
colectividad judía, la cordialidad de los mismos, las visitas que he recibido.

La solidaridad que manifestó personalmente y por carta B’nai
Berith ante la persecución desatada contra los cristianos en Siria e Iraq;

La lectura que, junto con el Rabino Ben Tzion Spitz,
hacemos quincenalmente del Libro bíblico del éxodo.

El canto espontáneo en hebrero del salmo: jine mató
umanahim shevet ajim gaiajad, que nos unió en la iglesia luterana alemana al
pastor, al rabino y al obispo.

Son cosas éstas a las que
podría sumar muchas más, que aligeran la carga de la mochila y que unen, al
honor de haber sido convocado, la confianza de que sabrán tener benevolencia al
escucharme.

Por todo ello mi
intención es ser auténtico en mis palabras desde lo más hondo de mi identidad.
Soy ante todo un cristiano
uruguayo, que se asoma con enorme
respeto al dolor inconmensurable de un pueblo al que por razones espirituales
siente en sus entrañas.

Soy cristiano, y por lo
tanto heredero de la tradición judía; venero las sagradas escrituras de Israel;
mi fe se encuentra engarzada en la tradición que arranca con Abraham, Isaac y
Jacob; el decálogo es mi decálogo; el éxodo es también para mí experiencia
paradigmática de libertad; rezo cada día con los salmos, que acompañan las
diversas horas del día en la oración de sacerdote católico. Jerusalén es
también mi ciudad santa… los salmos que cantan la peregrinación a esta ciudad
están entre los que más me gustan: “Que
alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor… ya están pisando nuestros
pies, tus umbrales Jerusalén…”, “Qué
deseables son tus moradas”, “Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor”,
“Un solo día en tu casa, vale más que otros mil” … Jesús, María, los apóstoles
eran judíos. Los obispos de la Iglesia
nos llamamos sucesores de los apóstoles.

Cuando en noviembre de
1995 estuve por única vez en Israel… recuerdo que llamé a mis hermanos, a mi familia de sangre.
Aún no había celulares, era desde un teléfono público. Me atendió mi
cuñado., ¿Dónde estás ahora? ¿De dónde
llamás? «Estoy en Jerusalén»… decir estas palabras produjeron en mí
una conmoción, “¡estoy en Jerusalén!”, no podía seguir hablando… Jerusalén,
ciudad de la paz!!!!! Ciudad Santa…

Llevo además el nombre de
Daniel, nombre judío… “justicia de Dios” “varón de predilecciones”,
profeta!!!!!

Con todo este bagaje me
asomo a esta realidad del inicio de la
SHOAH

con enorme respeto,

con la cabeza gacha,

con muchas preguntas en el corazón:

Conmemorar la noche de
los cristales rotos, preludio de la Shoah, es acercarse al misterio del mal…
es adentrarse en una profunda noche.

Cuando el Papa Juan Pablo
II, elegido Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, visitó por primera vez su
patria natal Polonia, y fue al campo de concentración de Auschwitz, recorrió
las placas que en diversos idiomas recuerdan las víctimas de los distintos pueblos, y se detuvo largamente ante la placa escrita
en hebreo: «Esta inscripción – decía Juan Pablo II- recuerda al Pueblo, cuyos
hijos e hijas fueron destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su
origen en Abraham, que es también nuestro padre en la fe … Precisamente este
pueblo, que recibió de Dios el mandamiento «No matarás», ha
experimentado en sí mismo de forma particular lo que significa matar. Ante esta
lápida nadie puede pasar de largo con indiferencia».

Años más tarde recordará
el mismo Papa: Nadie puede pasar de largo ante la tragedia de la Shoah. Aquel
intento de acabar programadamente con todo un pueblo se extiende como una
sombra sobre Europa y el mundo entero; es un crimen que mancha para siempre la
historia de la humanidad. Que sirva de advertencia para nuestros días y para el
futuro: no hay que ceder ante las ideologías que justifican la posibilidad de
pisotear la dignidad humana basándose en la diversidad de raza, del color de la
piel, de lengua o de religión. Lanzo este llamamiento a todos y en particular a
aquellos que en nombre de la religión recurren al atropello y al terrorismo.”

Hacer memoria

Hoy conmemoramos el
preludio de la tragedia. El comienzo de la noche oscura. Recuerdo brevemente
los hechos que la mayoría de ustedes
conocen mejor que yo. Se trata precisamente de hacer memoria, recordar,
rememorar, traer nuevamente a nuestro presente lo vivido en aquellas jornadas:

El asesinato de un
diplomático alemán en Paris a manos de un joven judío sirvió como pretexto para
lanzar una revuelta contra los ciudadanos judíos en toda Alemania y Austria. En
realidad la culpabilización del pueblo judío en Alemania por todos los males
que esta nación vivía en la etapa posterior a la primera guerra mundial, ya
había comenzado desde los postulados mismos del nazismo. Creció en la medida
que el nazismo se iba adueñando de todos los resortes del poder y con la acción
de la propaganda iba creando una mentalidad hegemónica.

En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 se destruyeron la casi totalidad de las
sinagogas de Alemania, más de 1500. Se profanaron cementerios, se destruyeron
tiendas, almacenes y diversos negocios judíos. Más de 30. 000 judíos, fueron
detenidos e internados en campos de concentración; cerca de 100 fueron
asesinados. En Austria, anexada a Alemania desde hacía unos meses, se replicó también la misma
tragedia. La mayor parte de las 94 sinagogas de Viena fueron dañadas parcial o
totalmente. Se pretendió dar a los ataques planificados el tono de actos
espontáneos, de reacción popular, cuando fueron en realidad hechos planificados
con la complicidad del gobierno pero llevados en primera línea por el partido
nazi.

De ese modo el 9 de noviembre de 1938, en uno de los países
más cultos y avanzados de Europa, dio comienzo al terror que se iba a
acrecentar entre los horrores de la segunda guerra mundial y que llevó a la
experiencia quizás más dramática de la historia de la humanidad.

No se trata de solo de la
muerte de 6.000.000 de judíos en el conjunto de la muerte de 70.000.000 de
personas que dejó como saldo la segunda
guerra. Se trata de la persecución que sufrió un pueblo por el hecho mismo de
ser ese pueblo, como ya había sido practicado con los armenios, como luego se
ha realizado, más cercano a nosotros en el tiempo, en los Balcanes o en África.
Pero en el caso del Holocausto se trataba de la eliminación de un pueblo, con
una planificación y elementos de crueldad que buscaban su humillación y no sólo
su muerte. Dice Hans Jonas, filósofo judío: “Lo que precedió a su muerte fue la
deshumanización por medio de la más extrema humillación y miseria. A los
destinados a la solución final se les despojó hasta del más tenue brillo de su
dignidad humana, que se había vuelto por completo irreconocible en los
esqueléticos espectros supervivientes que aún fueron encontrados tras la
liberación de los campos.”

Los nombres de los
diversos campos de concentración se
transformaron en símbolos del mal y de la perversidad humana: “En ningún
momento de la historia encontramos una mayor sistematicidad y planificación del
poder destructivo del hombre, unido a una voluntad perversa de aniquilación de
la vida humana”.

¿Qué añade el Holocausto
a la experiencia del mal vivida por la humanidad?

Este terror desatado iba
contra el corazón de la experiencia de Israel: el pueblo de la alianza.

Dice este filósofo judío
Jonas: “¿Qué es lo que Auschwitz tiene que añadir a lo que siempre se sabía
sobre los extremos de lo horroroso y espantoso que los seres humanos pueden
infligir y han infligido desde siempre a otros? Y ¿qué tiene que añadir
especialmente a los sufrimientos que los judíos conocemos de nuestra historia
milenaria, que constituyen una parte tan esencial de nuestra memoria
colectiva?”

El Holocausto plantea a
los creyentes : judíos y cristianos, el drama de la fe en el Dios, Señor de la
historia, en el Dios de la alianza. Muchos se han formulado la pregunta de si
es posible tener fe después de Auschwitz.
Pero también el cuestionamiento llega a todo hombre, creyente o no, a todo hombre que se pregunta sobre su
existencia, sobre el sentido de la misma, y el valor de la propia vida, ¿vale
la pena vivir?

Israel es el pueblo de la
alianza. Desde la concepción cristiana esta experiencia es un testimonio de la
alianza que Dios quiere hacer con toda la humanidad, porque más allá de la
predilección y del misterio de la elección de Dios, no es una alianza
exclusivista: está llamada a ser un signo para toda la humanidad.

El nazismo, nuevo
paganismo, atacó directamente esta idea,
incluso en el plano simbólico. La noche de los cristales rotos fueron atacadas
TODAS las sinagogas de Alemania y Austria (Sinagoga quiere decir congregación;
es la casa de la reunión). El ghetto de Varsovia fue cerrado en Yom Kipur del
’40; las deportaciones de allí al campo de Treblinka comenzaron el día de Tisha
B’Av (luto por la caída del templo) del año ’42; la destrucción final del
Ghetto fue programada para Pascua (Pesaj) del 43. En el 40 fue prohibida la
oración pública, no se podía observar el shabat por los trabajos forzados
programados para ese día. Es claro que había una intención en el plano
simbólico: destruir el pueblo de la alianza, era también burlarse del
Creador.

Cuando el Papa Benedicto
XVI visita Auschwitz dirá con agudeza
sobre este tema.: Los potentados del Tercer Reich querían aplastar al pueblo
judío en su totalidad, borrarlo de la lista de los pueblos de la tierra… En
el fondo, con la aniquilación de este pueblo, esos criminales violentos querían
matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció los
criterios para orientar a la humanidad, criterios que son válidos para siempre.
Si este pueblo, simplemente con su existencia, constituye un testimonio de ese
Dios que ha hablado al hombre y cuida de él, entonces ese Dios finalmente debía
morir, para que el dominio perteneciera sólo al hombre, a ellos mismos, que se
consideraban los fuertes que habían sabido apoderarse del mundo. En
realidad, con la destrucción de Israel,
con la Shoah, querían en último término arrancar también la raíz en la que se basa la fe
cristiana, sustituyéndola definitivamente con la fe hecha por sí misma, la fe
en el dominio del hombre, del fuerte.

Continuó diciendo
Benedicto en Auschwitz:

Cuántas preguntas se nos
imponen en este lugar! Siempre surge de nuevo la pregunta: ¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué
permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo
del mal?

Nos vienen a la mente las
palabras del salmo 44, la lamentación del Israel doliente: Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más. ¿Por qué nos escondes tu rostro y olvidas
nuestra desgracia y nuestra opresión? … Levántate a socorrernos, redímenos por
tu misericordia» (Sal 44, 20. 23-27). Este grito de angustia que el Israel
doliente eleva a Dios en tiempos de suma angustia es a la vez el grito de ayuda
de todos los que a lo largo de la historia —ayer, hoy y mañana— han sufrido por
amor a Dios, por amor a la verdad y al bien; y hay muchos también hoy.”

El Papa polaco y el Papa
alemán expresaron el dolor ante la muerte de cientos, miles, millones de judíos.
Este dolor provocado por una ideología pagana no puede dejar de ser también un
cuestionamiento que pesa en la
conciencia cristiana, porque estos mismos verdugos eran en su mayoría
bautizados en las diversas iglesias cristianas, y porque el antisemitismo
hundió sus raíces en acusaciones que fueron moneda corriente durante siglos en
pueblos cristianos.

¿Cómo fue posible que
sucediera lo que sucedió?

La pregunta del
sufrimiento, y del sufrimiento inocente, recorre de hecho las páginas de la
Biblia y encuentra en el libro de Job el planteo más radical de este dolor. Job
no fue comprendido por aquellos que se decían sus amigos y cuyas palabras de
consuelo eran otras tantas heridas en el corazón del amigo… Job en cambio se
pregunta. Las tiranías reprimen todo afán de preguntar porque ofrecen todas las
respuestas aunque éstas entren a la
fuerza o no calcen en la complejidad de la experiencia humana.

Al final, aquellos que respondieron con tanta certeza
como desajuste con la realidad, reciben la reprimenda del Altísimo; será Job,
el desafiante, el preguntón, el cuestionador, el que encuentra benevolencia de
parte de Dios.

Nuestras respuestas a los
dramas de hoy suelen tener siempre un dedo acusador que apunta a otro lado,
cuanto más lejos de mi propio yo y de mis circunstancias, mejor. Señalamos a
otros y a veces al Otro. Pero el grito del nunca más, debe ir unido también a
la introspección sincera que sea capaz de dilucidar, en mi interior, la
tragedia de toda existencia humana, que se debate entre la justicia y la
santidad para la que el Creador nos ha hecho,
y los abismos del mal en los que podemos caer en su lejanía.

El escritor inglés
Chesterton decía con agudeza: “Nadie se hace bueno hasta que no comprenda lo
malo que pueda llegar a ser”.

La Shoah nos plantea
preguntas, desafía nuestra conciencia.

Dice el Papa Benedicto:

Nosotros no podemos
escrutar el secreto de Dios. Sólo vemos fragmentos y nos equivocamos si
queremos hacernos jueces de Dios y de la historia. En ese caso, no
defenderíamos al hombre, sino que contribuiríamos sólo a su destrucción. No; en
definitiva, debemos seguir elevando, con humildad pero con perseverancia, ese
grito a Dios: «Levántate. No te
olvides de tu criatura, el hombre». Y el grito que elevamos a Dios debe
ser, a la vez, un grito que penetre nuestro mismo corazón, para que se
despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que
Dios ha depositado en nuestro corazón no quede cubierto y ahogado en nosotros
por el fango del egoísmo, del miedo a los hombres, de la indiferencia y del
oportunismo.

En el hoy de la historia

La tragedia que hoy
recordamos, siendo preludio del mal mayor, nos plantea entonces una
advertencia. ¿Estamos atentos a los inicios, al resurgir del mal y de la
violencia cuando ésta se encuentra en sus comienzos, para no tener que lamentar
luego las consecuencias del mal ensoberbecido?

La realidad de hoy mismo
nos interpela. Lo hace en la escala internacional con la situación explosiva
que muchos pueblos viven en este momento con la radicalización que ha llevado,
en Siria y en Iraq, a la persecución de diversos grupos religiosos y muy
especialmente de los cristianos, presentes en esas naciones, desde los inicios
de la predicación evangélica. Esclavitud,
decapitaciones y crucifixiones, amplificadas y conocidas a través de los
Medios se han realizado ante una indiferencia que sólo se lava la conciencia
con bombardeos de dudosa eficacia…

La crisis espiritual de
Occidente empuja a jóvenes hacia la radicalización con tinte religioso que
realiza el mayor pecado contra el Dios
de la vida: matar en su nombre.

Aquí nosotros. En este
rincón del mundo. Nuestra llamada
“historia reciente”, tan compleja y tan polémica en las miradas diversas que
sobre ella tenemos, también es ejemplo
de los males que se podrían haber evitado si un pueblo más atento al valor de
la democracia y de la paz, si una clase
política más desinteresada, si una mirada más apegada al pacto constitucional
por parte de todos, hubiera evitado los años oscuros de la ruptura
institucional.

Hoy vivimos en una
democracia que parece consolidada. Vivimos en paz, aunque cada tanto la mirada
sobre el otro se llena de sentimientos que se expresan con cargas de odio e
intolerancia que asombran. Suelen reflejarse en las redes sociales, pero a veces suben a aquellos cuya dignidad, dada
por el pueblo, debería hacerlos más conscientes del sitial que ocupan…

Yendo más allá aún de
estar advertidos ante el mal, ¿Somos capaces de sembrar esperanzas?
¿Apostamos por la vida y creemos que en
definitiva es bella y vale la pena?

Tenemos en el ámbito de
la educación un modo concreto de ser
sembradores de esperanza. Cuando ponemos en el centro a los chicos, sobre todo de los más pobres, y estamos
dispuestos a darles herramientas que hagan de ellos artífices de su propio
destino. ¿Cómo no aunar esfuerzos estatales y privados para impedir que muchos
caigan en la tentación fácil de la violencia, la delincuencia o del escapismo
de la droga? Si queremos la paz trabajemos por la justicia. Educar es un acto
de justicia y la justicia es camino de la paz.

Finalizando

Este año las
declaraciones y resoluciones del gobierno uruguayo ante el conflicto que trajo
nuevamente muerte y destrucción en Israel y en la franja de Gaza suscitaron
fuertes polémicas. No me corresponde a mí el juzgarlas, pero sí expresar el más
fuerte repudio a toda manifestación de antisemitismo, que asomó su cabeza entre
nosotros, y al mismo tiempo bregar para
que una paz justa y duradera para los
pueblos judío y palestino, respetuosa de los derechos de cada uno y en el marco
de las resoluciones de las Naciones Unidas, pueda ser el camino de la paz que deseamos firme y
duradera, como todos los hombres de buena voluntad.

Concluyo con las palabras
del Papa Francisco en el encuentro de oración por la paz que se desarrolló en
el Vaticano el 8 de junio de este año en el que participaron los presidentes
Shimon Peres y Mamud Abbás:

“Señores Presidentes, el
mundo es un legado que hemos recibido de nuestros antepasados, pero también un
préstamo de nuestros hijos: hijos que están cansados y agotados por los
conflictos y con ganas de llegar a los albores de la paz; hijos que nos piden
derribar los muros de la enemistad y tomar el camino del diálogo y de la paz,
para que triunfen el amor y la amistad.

Muchos, demasiados de
estos hijos han caído víctimas inocentes de la guerra y de la violencia,
plantas arrancadas en plena floración. Es deber nuestro lograr que su
sacrificio no sea en vano. Que su memoria nos infunda el valor de la paz, la
fuerza de perseverar en el diálogo a toda costa, la paciencia para tejer día
tras día el entramado cada vez más
robusto de una convivencia respetuosa y pacífica, para gloria de Dios y el bien
de todos.

Para conseguir la paz, se
necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se necesita valor para
decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia;
sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a
las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez. Para todo esto se
necesita valor, una gran fuerza de ánimo.

La historia nos enseña
que nuestras fuerzas no son suficientes. Más de una vez hemos estado cerca de
la paz, pero el maligno, por diversos medios, ha conseguido impedirla. Por eso
estamos aquí, porque sabemos y creemos que necesitamos la ayuda de Dios. No
renunciamos a nuestras responsabilidades, pero invocamos a Dios como un acto de
suprema responsabilidad, de cara a nuestras conciencias y de frente a nuestros
pueblos. Hemos escuchado una llamada, y debemos responder: la llamada a romper
la espiral del odio y la violencia; a doblegarla con una sola palabra: «hermano».
Pero para decir esta palabra, todos debemos levantar la mirada al cielo, y
reconocernos hijos de un solo Padre.”

Gracias